MUVI - Museu Virtual de Artes Plásticas
Félix Fernandez
Fiesta Blanca
2006
Outros trabalhos de
Félix Fernadez

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Outros artistas no MUVI

Félix Fernández Fernández

Nacido en: Celeiro-Viveiro (Lugo) 23-11-1977. Licenciado en Bellas Artes, especialidad de escultura, por la Universidad de Vigo (Pontevedra) en el 2001.

Formación complementaria:

2007: -Taller de composición coreográfica Quietudes y movimientos, impartido por Elena Córdoba, Estudio 3, Madrid.
2006: -Taller Relatos Low tech dirigido por Dora García y Zachary Lieberman, Medialab, Madrid.-Taller de radio experimental con Angeles Oliva y Toña Medina, La Casa Encendida.
2004: -Taller de fotografía con Michael Ackerman (Campus PHE), Aranjuez, Madrid. Taller de creación audiovisual en directo con Mia Makela Aka Solu, La Casa Encendida. Taller de historia y teoría del vídeo de promoción musical por Luis Cerveró, La Casa Encendida, Madrid.
2003: Artistas y críticos, miradas sobre el arte español de los últimos 25 años, Centro de Arte Reina Sofía, Madrid. Taller de creación impartido por Juan Dominguez, La Casa Encendida, Madrid. Taller Usos improvisados: Diálogos del cuerpo con la memoria y lo inmediato, impartido por Ana Buitrago, Estudio 3, Madrid.
2002: Taller Cleaning the house con Marina Abramóvic, CGAC, Santiago de Compostela. Experiencia, teoría y artes visuales, Circulo de BBAA, Madrid.
2001: Taller Los Cinco Sentidos del Movimiento; con Mónica Valenciano, Estudio 3, Madrid. Taller de composición coreográfica impartido por Elena Córdoba, Estudio 3, Madrid.
2000: Taller Terra líquida con Eva Lootz, CGAC, Santiago de Compostela. Performance: proceso de creación: impartido por Bartolomé Ferrando, facultad de Bellas Artes de Pontevedra.
-Taller de performance de Esther Ferrer, CGAC, Santiago de Compostela.

 

Buscando a Alicia
Fotografía sobre dibond
125 x 100 cms.
2006

Ultra Bass
(auriculares.jpg)
Perteneciente a la serie Fiesta Blanca
Fotografía sobre dibond
100 x 80 cms.
2006

Esperando
Fotografía sobre dibond
100 x 80 cms.
2006

Joven blanco, europeo, busca ...
Fotografía sobre dibond
125 x 100 cms.
2006


After Dalí
Fotografía sobre dibond
100 x 80 cms.
2006


No tengo hambre
Fotografía sobre dibond
100 x 80 cms.
2006


El principio
Fotografía sobre dibond
110 x 110 cms.
2006


 

El show de Félix. El juego consiste en no dejar de soñar

David Barro

Comienzo a escribir estas líneas directamente, con la única impertinencia de una fotografía austera, donde Félix Fernández viste una camiseta blanca y una nariz golpeada (u operada), al tiempo que confiesa en voz alta y por escrito, ser sensible a la belleza. La imagen resulta rotunda, efectiva y, seguramente, a partir de ella se podrían revelar sus secretos que no son secretos sino verdades que entiendo, necesitan transpirar.

La foto esconde la tristeza que se guarda tras una nariz de payaso o la soledad pos parto de la celebridad, del éxito desmedido. Siempre necesitamos más para salir, una vez más, en las revistas del corazón, o para ser como pensamos que los demás quieren que seamos. Y esa es una buena razón para partirnos la cara, y por los dos lados.

En otra ocasión, me referí a los trabajos de Félix Fernández como documentos sociológicos de una conducta determinada y como oposición a la imposición, como búsqueda de un sentido. Para esa búsqueda Félix Fernández no se camufla como un flâneur. Al contrario, se exhibe hasta el exceso, se desdobla, se multiplica, se deconstruye. Algo así como en Trash de Joe Dallesandro, se exhibe perfecto para entender que la búsqueda es la espera.

En su fotografía Sensible a la belleza, Félix Fernández espera orgulloso convencido de su belleza, como aquella mítica Ofelia en el retrato de Millais, que flota viva (nunca ahogada, señaló Mallarmé) ante el desastre convertido en paisaje idílico. '¡Oh, pálida Ofelia, bella como la nieve!', la describe Rimbaud. Como en el show de Félix, todo consiste en no dejar de soñar.

Pensemos en por qué los niños pequeños no quieren irse a dormir o los borrachos se obstinan en continuar ante la utopía de una noche eterna. El deseo de poder seguir mirando, soñando, lo mueve todo a modo de necesidad extrema, como el sonámbulo que debe seguir soñando para no precipitarse al suelo, que diría Nietzsche. Para Félix Fernández despertar de esa suerte de sueño permanente, de esa euforia representada, significaría caer al suelo como en su hombre-perro, retorcido sobre sí mismo, agonizando en su sexualidad arruinada por otros. Por eso Félix continúa sensible a la belleza, con ademán impasible, orgulloso. Y es que toda su obra escora desde ese conflicto entre el individuo y la sociedad, para acabar activando una verdad caleidoscópica de sentimientos que roza la esquizofrenia visual.

Pero, "En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó", nos dice Borges en su ficción titulada 'Las ruinas circulares' que pertenece a El jardín de los senderos que se bifurcan. Me pregunto que pasaría si ese hombre sensible a la belleza, dejara de ser sensible. Existe una necesidad vital de trasvestir la realidad para rozar una subversión, decadente, eso sí. Porque el glamour está por encima de todo, pensará un Félix Fernández que, como Warhol, trata de construir su propio decorado para reforzar ese anhelo; "sólo quiero ser algo cuando me encuentro fuera de una fiesta, para poder entrar", aseveraba Andy Warhol. Y Félix también quiere su propio show.

Pensemos ahora en la película The Truman Show, donde el protagonista es, a su vez, la estrella protagonista de un programa de televisión de gran éxito, eso sí, sin saberlo. Su vida sirve de argumento de la teleserie y todo lo que le rodea, ya sean los amigos o su propia mujer, son falsos, son actores. La ciudad en la que vive, es un inmenso escenario. En definitiva un mundo feliz a la 'americana', artificial y un tanto hortera. Truman nació 'en directo' y casi lo matan 'en directo'. Lo único que importa es precisamente eso, el directo, el público, la audiencia. Todo ello no está muy lejos del exhibicionismo de pasiones que traza Félix Fernández en un conjunto de fotografías pertenecientes a la serie 1.000 maneras de dormir tranquilo. Félix escenifica su propio entierro, su boda arnolfiniana, su sueño... También como durante el sueño es grabado por una serie de cámaras de vídeo, como Truman. Nuestro Félix Fernández personaje también quiere ser un héroe televisivo de la nada.
Félix Fernández, como Truman, comienza a cuestionarse su mundo, las repeticiones, las coincidencias. ¿Es nuestro mundo perfecto? Platón hablaba del mundo como representación imperfecta, una representación conformada a través de nuestra propia ideología. Truman, al final de la película, lucha por romper esa perfección aséptica y superficial, se arriesga a un mundo peor como le advierte su especie de 'dios creador'; mientras, su público, tan fiel durante tantos años, simplemente se pregunta qué ponen a continuación en la televisión: si no salimos, no existimos.

La cuestión de fondo sería la siguiente: ¿Aceptamos todo lo que vemos?. El mundo de Truman nos da una serie de pistas en forma de humor negro: una profesora lo desilusiona al hacerle creer que todo está descubierto, los carteles de la agencia de viajes muestran aviones atravesados por rayos que advierten 'Eso puede pasarle a usted'... Truman lo acepta, no reflexiona acerca de esas contradicciones, como nosotros en la vida real que no acabamos de entender que las cosas no son siempre igual a cómo se nos dice.
Todas las acciones de Félix son producto de una narración construida, aunque simulen la apariencia de improvisada performance. Una narración de resistencia ante las citadas contradicciones: "No es lo mismo ver como viene un tifón de pie que esperar sentado", dirá en entrevista con José Manuel Lens. La frase se podría extrapolar a cómo es nuestra actitud al ver la televisión. Félix injerta su visión crítica, a modo de deconstrucción derridiana, en su obra Prime Time, un relato entrecortado que nos señala una televisión estropeada, falsa y esperpéntica. A partir de una serie de subidas de tono, de silencios, de amagos y pausas, como si de un zapping se tratara, Félix Fernández consigue sumir al espectador en una vertiginosa historia con mensaje claramente apocalíptico, con pornografías disfrazadas, guerras efervescentes convertidas en anuncios de refrescos, espectadores de un partido de fútbol señalados como protagonistas por los propios futbolistas y pitonisas que nos indican el tiempo que nos espera. En el fondo, como ya señalé, lo planteado por Félix Fernández es la búsqueda sin sentido del sentido, la experimentación que nos permita dilucidar nuestra estrategia, enderezar nuestro camino gracias a un cuestionamiento de los que nos rodea, de dudar de cada imagen.

Todo en esta obra salió de la televisión como materia prima, sin embargo, los ojos cínicos de la doble moral periodística se ciñeron sobre ella en un absurdo ataque censor que me recuerda a la tontería americana ante la escurridiza teta de la hermana de Michael Jackson (Janet, creo que se llama) que noqueó la Superbowl. Así, iba yo de boda cuando veo una página de cultura dedicada a las tetas (mucho más grandes, eso sí) que Félix Fernández había arrancado de su corsé como Justin Timberlake a la pobre Janet, que confesó haberlo ensayado. El texto, escrito en La Voz de Galicia por Rubén Santamarta, decía así: "Más de un espectador se ha quedado sin ver los títulos de crédito, y, sonrojado, ha abandonado la sala antes de su finalización. Ni al comienzo ni durante el vídeo se explica que la cinta contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad del espectador. Tampoco hay advertencia alguna fuera de la sala en que se proyecta Prime time ni en el vestíbulo en que se anuncia la exposición. Sólo una referencia en los folletos explica que el espectador se encontrará con un relato de «mensaxe claramente apocalíptico, con pornografías disfrazadas". Todo bien, salvo que en ese énfasis en el espectador (palabra que, por otro lado, el periodista repite redundantemente a lo largo del texto), el medio de masas (seguramente la noticia tuvo muchos más lectores que espectadores la exposición) no lo tuvo en cuenta al ilustrar el artículo con la imagen de la actriz porno que tanta inquietud le provocaba. ¿Qué actitud es más provocadora? Al final la obra tuvo, si cabe, mucho más sentido, al ver la ambivalencia moral de la comunicación también por vía escrita.

Félix Fernández tituló aquella exposición individual para el Centro Torrente Ballester como 'Descenso', advirtiendo que ésta trataba de ser "un punto de conciencia después del caos, ya que el hecho de declarar un descenso implica el conocimiento de otro estadio vital superior, ya sea anterior o posterior", en definitiva, un declive barroco muy acorde con la inestabilidad del mundo que vivimos, tan hambriento de certezas.

Así, el cuerpo que siempre exhibe Félix Fernández, y que es la base de sus trabajos, no es más que la piel del miedo, del éxito, de la injusticia y, sobre todo de las dudas y de los nervios de quien quiere ser aceptado por quien quiere ser aceptado. Todo eso se advierte en sus palabras en la performance realizada en la Sala San Hermenegildo de Sevilla, dentro del Festival Contenedores 05: "... espero que los nervios no me traicionen y muestren una imagen equivocada de lo que soy. El directo es así, un riesgo normal de la auto-construcción que tenemos de nosotros mismos. Imagínate que me sale un sarpullido". ¿Qué pensarán los demás sobre nosotros? Esta pregunta resulta constante en la obra o strip-tease de sensaciones que nos propone Félix Fernández. Todo es una suerte de trompe l'oeil o maquillaje que acaba por construir una identidad.

Aunque lo escrito aquí no son más que palabras introductorias a un personaje que lucha contra la imposición y la mentira, capaz de ironizar sobre la vergüenza social y la necesidad que tenemos de vencer el tiempo. Félix Fernández emprende un viaje a las entrañas de su sentimiento consciente de la vulnerabilidad que sentimos ante la pérdida de un referente. "Cógeme de la mano y llévame a algún lugar interesante", dice en uno de sus trabajos. Y aún así, alguno habrá que piense que se trata de un excéntrico, cuando nuestro artista no es más que un raro que sube y baja (raro como bien escaso, claro) jugando a no dejar de soñar.

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En la búsqueda del lugar de mi cuerpo: las novelas de final-comienzo-final de Félix Fernández

Xosé Manuel Lens

MI cuerpo se dispone abierto, amplio y controlado. Es una topografía que se sirve del viento para oscilar, de la periferia para esquivar, del tiempo, de la tierra, de ese biombo de lo social en el que exteriorizarme con piel y actitudes. Cada uno de los trabajos que ejecuta Félix Fernández recogen un lugar del cuerpo en el mapa de lo social, del exterior, pero desde un posicionamento interior. Su tiempo, lúdico y constante, engaña y dispersa en trabajos de fotografías, performances, vídeos y instalaciones, también esculturas, alimentándose en lo más profundo de la duda, de la vida, de la tempestad de una caída sin salvación aparente. Posiblemente antes de acabar este texto, deje de pensar que la decadencia sirve de perfil de seguimiento; por ahora gozo pensando en el brillo de la pasión, del drama, sigo respirando a golpes mientras baja un telón de un teatro donde actuó un agente de derrotas, duda de narraciones. La narración y la dramaturgia.

Sin pretender escapar de una etiqueta de arte corporal, que también, hoy pensamos en la doctrina del escritor contracorriente, crítico, en ese posicionamiento que instruye el mejor logro del accidentado, del impulso abierto y fusionado entre la voluntad de exteriorizar y la de pulsar en el lenguaje personal. Parte a parte, primero el cuerpo, luego los adjetivos, los pronombres, los adverbios y demás enlaces comestibles. Parte a parte; fragmentos narrativos posados en entregas temporales, recreadas, ideas desde un guión y proyectadas de una manera controlada, con el único testigo de mi cuerpo. Son las posiciones, las lecturas y las interpretaciones las segundas miradas de este itinerario; hoy me presento delante del espejo mientras me observo detrás del espejo, mientras curioseo mi espalda. Me vuelvo reversible, de dos formas; hoy escarvo en un terreno de propietarios, en la noche; hoy guardo mi vigilancia, blindado por los cuatro puntos cardinales; hoy imagino una fiesta branca, para luchar en la colectividad; hoy el mapa de mi anatomía parece un caja negra, a la espera de ser abierta, deambulando por la trayectoria, llamada carrera creativa. Quizás hoy, de nuevo, el protagonista comprenda la causa de mi duda: dónde reside la incerteza?

"Por los brazos, y también por las piernas
y, si no, por la cabeza,
la cámara capta el momento.
¿Qué pasa que ya no me miras?
Con golpes y audacias
cae en lo que pasa, cae y arrástrame.
Desde el ángulo,
en la encantadora superficie,
siguiendo el contorno cruel, cae y pasa"

Virgilio Piñera. La Isla en peso

Deterioros, erosiones, destrozo, culpa y capturas; ni vigilias ni resignaciones. La causa del deterioro bebe en tus constantes vitales; en los sentidos, en los mitos de los que necesitas esperar: La narración, la lírica, la harmonía, de la perfección o la beleza. En su captura reside hoy la dirección de los que te observan como artista. Por eso, Félix intenta que todo se proyecte desde el intento, desde esa sensación del que pretende ser, del hombre que trabaja a diario mientras ponen etiquetas que ir cubriendo, que ir superando. Por eso mismo, quizás, no pensamos en obras individuales, y sus agrupamientos de piezas en series condensan esa, aparentemente, instantánea del lugar del ser humano en la vida y en las posibilidades de la vida. El lugar y lo humano; el escenario y el personaje. El artista y la profesión. Insisto: queda un tiempo para esquivar las etiquetas, e incluso otro que no tiene miedo de ellas.

Imaginamos un guión establecido, Cajas negras, desde un esbozo que rodea la actuación del ser humano, de sus vestigios y protagonismos secundarios, grabados y reproducidos, desde una muestra -con fecha y espacios concretos- que es una escenografía que se abre para disponer las dudas y los deseos, las causas y los satélites, que hoy, mientras escribo, pasea o golpea, alimentan mi cuerpo, mi caja negra.

Desde hace tiempo pienso en mi cuerpo, mientras marco de herida mi nariz y me instalo delante de una cama con mujer cantando o policías vigilando; golpeo mi cuerpo, sin tatuar, sin marcar, para dejar que sea lo que me rodea, donde hoy actúa, el que envía mensajes a los espectadores. Sin besos para un entorno sugestivo. Rodeas tu cama apuntalando sus partes, para siempre fragmentadas, después recuperas esa misma polaridad para la instalación del vestigio, de la metáfora de la fractura, de esa vigilancia sin guardas, sin esquinitas, ahora con vallas de obra. Sentimientos de pérdida, de almacenaje y memoria, quizás no muy distantes de trabajos de Félix González-Torres o Pepe Espalíu, en ese encuentro detallado-impulsivo con la metáfora, con la prolongación de la escultura que recrea una experiencia, incluso recogemos a Robert Gober sin antes dejar de etiquetar un cuerpo ausente, pensativo, con las botas manchadas, en el medio de una sala, delante de un ventilador, mientras escuchamos.

"El control corporal constituye una expresión del control social.
Ya ha caducado la época de los héroes y de las visiones inamovibles e inalterables, ahora tan solo encontramos sujetos, un tanto derrotados y faltos de certitud, en busca de nuevas representaciones"
José Miguel García Cortés, Paseos entre el amor y la muerte
Una de las características por las que actúa mi cuerpo sucede en la narratividad, en ese fragmento de sombra que las obras trasladan y trasladan, implicando al espectador desde posturas de literalidad y simbología. Por eso, Cajas negras hace referencia al argumento del resumen, del grupo de obras que se organizan deliberadamente para resultar públicas, que se agrupan bajo el denonimador común de una misma signatura; ese estado intermedio que siempre dispone la novela de capítulos abiertos, como le sucede a los diarios, que se nombran para resultar presente, puro presente. Los argumentos de Félix Fernández derivan de esa parcela de lo personal, que evoluciona con la obra y sobre la que dispone esos destinos de margenes casi accidentados, casi precipitados. La caja negra mejor dispuesta es siempre mi cuerpo, sobre lo que vengo disponiendo mis dudas, mis deseos.

La Fiesta blanca, la celebración de lo excepcional y de lo do cotidiano. Los márgenes de realidades que se llenan desde lo social; son esas fascinaciones imaginadas, desde lo aparentemente elegante, desde un pasado recreado de música y ambiente.

Recorro mi cuerpo, vigilado, blindado. Recorro el perímetro de mi vida, mientras voy nombrando cada uno de los polos, este, sur, norte y oeste que dibujan las cuatro partes que marcan mi contorno. Uno, dos, tres y cuatro lados; quizás pensamos en esa medida de Leonardo alcanzando las proporciones del ser humano, quizás en Klein disponiendo del absurdo, como Nauman, como quinta medida; ya no se definen grandes cálculos, ni grandes consquistas. La medida, el control, sigue siendo la faceta de mi cuerpo que demanda la sociedad, creando un escudo, creando un paño de imagenes, como antes de policías, para ser observado, para estar blindado; siempre me queda la anatomía para intentar, nunca para alcanzar, queda como ensayo, prototipo.

La mil maneras de dormir tranquilo que rodearon una serie de fotografías, sirvieron para conformar, como vamos comentando, una voluntad fuertemente narrativa, de un actor y de su espacio. Un contexto, siempre un lugar en el que alterar la mirada del espectador, pero siempre un mismo protagonista. Repaso esas miradas sobre el cuerpo sin el testimonio de la pubertad, pero con la conquista diaria del que se alimenta de dudas e intentos y se traviste para liberar(se), en ese encuentro milimetrado de la topografía de un cuerpo, debajo de las sábanas, delante del paisaje verde, al lado de un matrimonio Arnolfini. Yo y yo mismo; yo y mi proyecto espejo; Yo y mi ficción. Por eso también repasamos las recuperaciones de sus propios cuerpos como materiales, como canales bocetados, en Carolee Schneemann, Ana Mendieta, Dieter Appelt o Vito Aconcci, en John Coplans, Pierrick Sorin; en Álex Francés, Lucas Samaras o Ixone Sádaba.

Encontramos nuestro lugar en el espacio que no domine, de la misma manera que revolvemos la búsqueda de un libro imaginado o soñamos en la búsqueda de un manifiesto de verdad. La búsqueda del lugar. Permanencia, en esa relación del ser humano con su tiempo hecho tierra, con su lugar de búsqueda. La captura de una respuesta, de una explicación, ese escavar constante, con el auga a media pierna mientras seguimos sacando tierra y lodo. Golpea en la espalda la ruína del pasado, que hoy existe como escenografía el la noche. La ruína, la erosión; no resulta casual que pensemos en el descenso, en la caída, en la perforación sobre una tierra que nos recoje para seguir. Esa memoria que se instala en la caja negra. El vídeo que reconoce esta Permanencia piensa en la mirada desde lo poético, insistiendo en esa narración de un mes de duración, mientras cuerpo y tiempo, ruína y vestigio, cuando se entrega al desgaste.

Las obras de Félix Fernández existen desde el sentimiento de formar una complejidad escenográfica; alos de un componente mayor. Por esa misma razón, cada muestra o instalación se examina cuidadosamente para elevar los graos de intención dirigida al espectador, al visitante. De este modo una cama aislada controla la mirada del público cuando entra en la sala, luego la bipolaridad de lo visual (cuerpo, agua y paisaje), del mismo modo de Blindado conforma la visita únicamente con la partida ganada de la impaciencia y el logro del guión de comienzo y fin-comienzo. Ese reverso, como en las proyecciones de vídeos, donde se simula la lucha humana de Goya sobre un espejo horizontal, en la superficie abierta. Serán sus obras prototipos antes que esculturas, fragmentos y medios, vídeos o monitores instalados, o construcións para albergar.

Tengo que reconocer que cuando comencé este texto puse a mi lado unos libros con la intención de consultarlos y que me fueran avisando de sus interiores, que me sirviesen de pilares en busca de algún posible vacío. Porque, tengo que reconocer, que identifico la obra de Félix con mis propias lecturas, con mis obsesiones diarias, que en vez de formalizarlas en fotografías o performances, me quedo buscando explicaciones en lectura y hechos. Porque pienso que la produción de este narrador, como quien echa mano de la interpretación del cuerpo diario, como quien se limpia, ducha o come, pensando en una prolongación de la obra cercana a la vida, a lo cotidiano. Después él se encarga de limpiarla de excedencias y presentarla en una voluntad referencial, argumentada, crítica y activa; ahí toca mi lectura de esta mañana, repasando a Goya y Leopardi.

"Me dejo caer ante el juicio de los espejos."
Carlos Negro. Héleris

Y mira que la escenografía hizo pensar en máscaras y telúricas membranas que se disponían sobre la verdad! La plena sinceridad de este autar reside precisamente en esa intención de narrar desde su propio cuerpo, sus espacios de vida, sus argumentos de duda, de trabajos. Reconstrución en negro, como Reversible, se pegan como segunda piel a la obra, en esa dualidad del espejo y el protagonista, en los espacios interiores; las huellas dactilares sobre la cara, los trazos que me conducen e identifican por la calle. Dedo y huella, firma de lo personal, refuerzo de la intención sincera.

Y mira que tu escenografía sabía de lugares comunes, siendo en este momento, mientras recorro la caja negra de color del paisaje íntimo vuelto del revés, mostrando el lado esagerado, alterado, el lado del antiheroe, del que protagoniza su propia exposición prolongando su propia vida, la experiencia de los años. En la sala de autorretratos en obxectos, en esa autoficción que se reviste de biografía, de Lugo, Viveiro, Celeiro y Madrid, que se reviste de carne y piel. En definitiva, la escenografía antes que la exposición, y la ficción antes que la escritura, de la novela de unos años antes, mientras y durante el 2006. Miradas Virxes, Latitudes, Plugged Umplugged o Malas Artes; Feedback, Observatori o Lengua blanca; retazos de escalas de parada y alimentación, en la pensión del arte de impulsos. Las cajas negras como elementos de inevitable referencia aérea, que guardan la memoria del traxecto, de un determinado viaje; son archivos nómadas de dirección inevitable: guardar para el futuro. Hoy es presente y el protagonista es mi cuerpo, que transita y recorre lugares, espacios de incertidumbre, en esa dimensión que marcan los lugares por conocer, las experiencias por vivir, todo con el suspense de ir trenzando lo vivido y lo transitado; el cuerpo que habita y duda. Estado intermedio.

Antes pensaba en el presente, antes, como propia partícula que define el comienzo de estos parágrafos escritos en trozos de escritorio, de cocina y biblioteca, de pasillo y ventana, rodeado de dos gatas y un paseante, a partir de ahora, que finaliza este capítulo de varios días, pienso en un actor formándose, articulándose, ensayando. Quizás sea algo obvio, fácil de comprender, echar mano del alimento del contorno para llamar a la puerta de lo inmediato. Quizás sea esa la forma de trabajar de Félix Fernández, sincero proyecto en proceso. Un autor que, por cierto, nació mirando al norte, donde Lugo pierde su línea de tierra llana, y que, también por cierto, encontré una tarde mientras regresaba de comprar una edición antigua de uno de esos libros que recuerdas siempre, Las flores del mal. Por eso siempre identifico a Félix con las tardes, siempre pensando que algo de poeta, de murmullo contracorriente, de cuerpo emocionado, de narración quebrada, de nómada de arte-vida, tiene este escritor de narraciones, de autorretratos. Intentos, quizás.

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IDENTIDAD CATODICA

Sobre la obra en vídeo de Félix Fernández
Javier Duero, comisario independiente

Conozco a Félix desde hace unos años. Al sujeto y al artista. No somos amigos, pero hemos sabido establecer unos mínimos códigos de entendimiento basados en imputs creativos e intelectuales muy agradables de compartir y, ciertamente, más interesantes que una amistad convencional.

Sin servidumbres emocionales de por medio, me dispongo a entrar en un mundo complejo, rico en matices y denso en cuanto a fuentes inspiradoras.

El cuerpo como mapa, el género como consigna de una nueva identidad, el yo íntimo como ecosistema necesario para la supervivencia, el medio ambiente de cuya sostenibilidad todos dependemos, los mass-media y su poder de transformación de las sociedades modernas; estos son algunos de los temas que ha investigado este artista de perenne sonrisa y acerada agudeza creativa.

Sin cuerpo no hay persona. El cuerpo es el soporte de nuestra identidad, y el aspecto físico y la apariencia visual son aspectos que la conforman. A través de la representación imaginaria del cuerpo, este queda contextualizado en tiempo y espacio. Hablamos del cuerpo simbólico, metafórico, mítico, orgánico, político; de esa visión poliédrica que Félix aplica a cada frame que dispara con el fín de indagar en una de sus principales líneas de trabajo, la relacionada con el concepto de inteligencia corporal y el dominio que ejerce sobre nuestro propio imaginario.

Nuestro pensamiento, nuestra forma de entender el mundo, es metafórica. El cuerpo es el complemento en formato soporte para los cambios de identidad, para el disfraz y el engaño. El arte del performance es una forma de prestar el cuerpo para construir sobre él distintas identidades.

En la obra en vídeo de Félix Fernández, esta disciplina cobra especial relevancia, al ser el mismo artista sujeto y objeto de la acción. Esta se ejerce como hilo argumental de ficciones que establecen un discurso o idea concreta. No se trata de documentar una acción, se trata de narrar una historia, casi una forma de entender la existencia. No se trata de una técnica improvisada y de carácter experimental, se trata de una cuidada técnica resuelta con una apariencia de sencillez. Félix no necesita recursos de post producción, filtros, capas, efectos,etc para hacernos vibrar. Como buen realizador, sabe que un contra plano o un plano secuencia bien encajado en su guión resuelve narrativamente una historia. La renuncia al adorno, al efectismo superficial, a lo kitch, en algunas ocasiones incluso al color, lo convierten en un artista experto en contar historias intensas desde un minimalismo formal, que su cámara certifica ignorando esta nueva tecnología y sus amplias posibilidades de manipulación de la imagen.

Si partimos de la idea que la identidad tiene un componente cognitivo relacionado con las representaciones sociales, y otro componente afectivo que supone un sentimiento de pertenencia a los distintos grupos constituidos, podemos decir que la identidad de un individuo está formada por una serie de variables que se interrelacionan profunda e íntimamente entre sí. La sexualidad es el núcleo sobre el que se articulan cada una de estas variables, con la particularidad de que atraviesa transversalmente al individuo, constituyéndolo de una forma especial.

El estudio de la identidad sexual en la obra de Félix es multidisciplinar porque es desde varias perspectivas desde las que se puede obtener una visión integral de un fenómeno tan complejo. Muchas han sido las disciplinas que han estudiado la identidad sexual y muchas las corrientes teóricas que la han abordado. Su influencia abarca desde los mitos griegos, hasta Freud y Lacan. Si tuviéramos que definir una característica sobre los trabajos en vídeo de Félix en relación a este tema, esta sería la de normalidad y aceptación absoluta del yo. No hay en ellos ni histrionismo plumífero, ni bandera queer, ni dogma rosa. Con una honestidad intelectual y transparencia narrativa en la factura de las piezas que es de agradecer, el artista convierte cada obra en un statement social, con elementos costumbristas y poéticos.

Estamos en una sociedad de consumo, que define nuevos modos de individualidad. En el nivel de las grandes masas, portarse bien es consumir mucho. El índice de consumo es el índice de salud de un país. El consumo se dirige a individuos tipo, que son la imagen de los consumidores. Tenemos interlocutores ficticios en la televisión, pero que cumplen un papel importante para el consumidor. Desde la selva amazónica o desde la habitación de su casa, Félix nos recuerda la falta de conciliación entre nuestro sistema de desarrollo y el medio ambiente, entre nosotros consumidores y nosotros habitantes del planeta tierra.

Hay una sobrevalorización constante de la imagen propiciada por los medios. Los que están en la pantalla tienen una forma de existencia más fuerte, desde un cierto punto de vista, porque millones de personas los reconocen. De ahí el sentimiento de que hay que pasar a través de la imagen para existir. La mejor manera de cautivar a las audiencias es darles la impresión de que pueden estar en la televisión. De ahí el éxito de los reality shows.

En su videografía Félix cuestiona el papel de los medios que determinan ese carácter instantáneo de la comunicación como uno de los factores que ayudan a la difusión de esa idea según la cual la historia ha llegado a su fín y no hay nada más por imaginar que lo que existe. Ese papel contribuye al sentimiento de desencanto espiritual que hay en las jóvenes generaciones. No se espera nada del futuro, no hay perspectivas entusiastas, lo que es sorprendente, porque para él, al fin y al cabo, todavía tenemos todo por descubrir como individuos. Todo es reversible.

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