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Buscando a Alicia
Fotografía sobre dibond
125 x 100 cms.
2006
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Ultra Bass
(auriculares.jpg)
Perteneciente a la serie Fiesta Blanca
Fotografía sobre dibond
100 x 80 cms.
2006
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Esperando
Fotografía sobre dibond
100 x 80 cms.
2006
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Joven blanco, europeo, busca ...
Fotografía sobre dibond
125 x 100 cms.
2006
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After Dalí
Fotografía sobre dibond
100 x 80 cms.
2006
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No tengo hambre
Fotografía sobre dibond
100 x 80 cms.
2006
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El principio
Fotografía sobre dibond
110 x 110 cms.
2006
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El show de Félix. El juego consiste
en no dejar de soñar
David Barro
Comienzo a escribir estas líneas
directamente, con la única impertinencia de una fotografía
austera, donde Félix Fernández viste una camiseta
blanca y una nariz golpeada (u operada), al tiempo que confiesa
en voz alta y por escrito, ser sensible a la belleza. La imagen
resulta rotunda, efectiva y, seguramente, a partir de ella se
podrían revelar sus secretos que no son secretos sino verdades
que entiendo, necesitan transpirar.
La foto esconde la tristeza que se guarda tras una nariz de payaso
o la soledad pos parto de la celebridad, del éxito desmedido.
Siempre necesitamos más para salir, una vez más,
en las revistas del corazón, o para ser como pensamos que
los demás quieren que seamos. Y esa es una buena razón
para partirnos la cara, y por los dos lados.
En otra ocasión, me referí a los trabajos de Félix
Fernández como documentos sociológicos de una conducta
determinada y como oposición a la imposición, como
búsqueda de un sentido. Para esa búsqueda Félix
Fernández no se camufla como un flâneur. Al contrario,
se exhibe hasta el exceso, se desdobla, se multiplica, se deconstruye.
Algo así como en Trash de Joe Dallesandro, se exhibe perfecto
para entender que la búsqueda es la espera.
En su fotografía Sensible a la belleza, Félix Fernández
espera orgulloso convencido de su belleza, como aquella mítica
Ofelia en el retrato de Millais, que flota viva (nunca ahogada,
señaló Mallarmé) ante el desastre convertido
en paisaje idílico. '¡Oh, pálida Ofelia, bella
como la nieve!', la describe Rimbaud. Como en el show de Félix,
todo consiste en no dejar de soñar.
Pensemos en por qué los niños pequeños no
quieren irse a dormir o los borrachos se obstinan en continuar
ante la utopía de una noche eterna. El deseo de poder seguir
mirando, soñando, lo mueve todo a modo de necesidad extrema,
como el sonámbulo que debe seguir soñando para no
precipitarse al suelo, que diría Nietzsche. Para Félix
Fernández despertar de esa suerte de sueño permanente,
de esa euforia representada, significaría caer al suelo
como en su hombre-perro, retorcido sobre sí mismo, agonizando
en su sexualidad arruinada por otros. Por eso Félix continúa
sensible a la belleza, con ademán impasible, orgulloso.
Y es que toda su obra escora desde ese conflicto entre el individuo
y la sociedad, para acabar activando una verdad caleidoscópica
de sentimientos que roza la esquizofrenia visual.
Pero, "En el sueño del hombre que soñaba, el
soñado se despertó", nos dice Borges en su
ficción titulada 'Las ruinas circulares' que pertenece
a El jardín de los senderos que se bifurcan. Me pregunto
que pasaría si ese hombre sensible a la belleza, dejara
de ser sensible. Existe una necesidad vital de trasvestir la realidad
para rozar una subversión, decadente, eso sí. Porque
el glamour está por encima de todo, pensará un Félix
Fernández que, como Warhol, trata de construir su propio
decorado para reforzar ese anhelo; "sólo quiero ser
algo cuando me encuentro fuera de una fiesta, para poder entrar",
aseveraba Andy Warhol. Y Félix también quiere su
propio show.
Pensemos ahora en la película The Truman Show, donde el
protagonista es, a su vez, la estrella protagonista de un programa
de televisión de gran éxito, eso sí, sin
saberlo. Su vida sirve de argumento de la teleserie y todo lo
que le rodea, ya sean los amigos o su propia mujer, son falsos,
son actores. La ciudad en la que vive, es un inmenso escenario.
En definitiva un mundo feliz a la 'americana', artificial y un
tanto hortera. Truman nació 'en directo' y casi lo matan
'en directo'. Lo único que importa es precisamente eso,
el directo, el público, la audiencia. Todo ello no está
muy lejos del exhibicionismo de pasiones que traza Félix
Fernández en un conjunto de fotografías pertenecientes
a la serie 1.000 maneras de dormir tranquilo. Félix escenifica
su propio entierro, su boda arnolfiniana, su sueño... También
como durante el sueño es grabado por una serie de cámaras
de vídeo, como Truman. Nuestro Félix Fernández
personaje también quiere ser un héroe televisivo
de la nada.
Félix Fernández, como Truman, comienza a cuestionarse
su mundo, las repeticiones, las coincidencias. ¿Es nuestro
mundo perfecto? Platón hablaba del mundo como representación
imperfecta, una representación conformada a través
de nuestra propia ideología. Truman, al final de la película,
lucha por romper esa perfección aséptica y superficial,
se arriesga a un mundo peor como le advierte su especie de 'dios
creador'; mientras, su público, tan fiel durante tantos
años, simplemente se pregunta qué ponen a continuación
en la televisión: si no salimos, no existimos.
La cuestión de fondo sería la siguiente: ¿Aceptamos
todo lo que vemos?. El mundo de Truman nos da una serie de pistas
en forma de humor negro: una profesora lo desilusiona al hacerle
creer que todo está descubierto, los carteles de la agencia
de viajes muestran aviones atravesados por rayos que advierten
'Eso puede pasarle a usted'... Truman lo acepta, no reflexiona
acerca de esas contradicciones, como nosotros en la vida real
que no acabamos de entender que las cosas no son siempre igual
a cómo se nos dice.
Todas las acciones de Félix son producto de una narración
construida, aunque simulen la apariencia de improvisada performance.
Una narración de resistencia ante las citadas contradicciones:
"No es lo mismo ver como viene un tifón de pie que
esperar sentado", dirá en entrevista con José
Manuel Lens. La frase se podría extrapolar a cómo
es nuestra actitud al ver la televisión. Félix injerta
su visión crítica, a modo de deconstrucción
derridiana, en su obra Prime Time, un relato entrecortado que
nos señala una televisión estropeada, falsa y esperpéntica.
A partir de una serie de subidas de tono, de silencios, de amagos
y pausas, como si de un zapping se tratara, Félix Fernández
consigue sumir al espectador en una vertiginosa historia con mensaje
claramente apocalíptico, con pornografías disfrazadas,
guerras efervescentes convertidas en anuncios de refrescos, espectadores
de un partido de fútbol señalados como protagonistas
por los propios futbolistas y pitonisas que nos indican el tiempo
que nos espera. En el fondo, como ya señalé, lo
planteado por Félix Fernández es la búsqueda
sin sentido del sentido, la experimentación que nos permita
dilucidar nuestra estrategia, enderezar nuestro camino gracias
a un cuestionamiento de los que nos rodea, de dudar de cada imagen.
Todo en esta obra salió de la televisión como materia
prima, sin embargo, los ojos cínicos de la doble moral
periodística se ciñeron sobre ella en un absurdo
ataque censor que me recuerda a la tontería americana ante
la escurridiza teta de la hermana de Michael Jackson (Janet, creo
que se llama) que noqueó la Superbowl. Así, iba
yo de boda cuando veo una página de cultura dedicada a
las tetas (mucho más grandes, eso sí) que Félix
Fernández había arrancado de su corsé como
Justin Timberlake a la pobre Janet, que confesó haberlo
ensayado. El texto, escrito en La Voz de Galicia por Rubén
Santamarta, decía así: "Más de un espectador
se ha quedado sin ver los títulos de crédito, y,
sonrojado, ha abandonado la sala antes de su finalización.
Ni al comienzo ni durante el vídeo se explica que la cinta
contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad del
espectador. Tampoco hay advertencia alguna fuera de la sala en
que se proyecta Prime time ni en el vestíbulo en que se
anuncia la exposición. Sólo una referencia en los
folletos explica que el espectador se encontrará con un
relato de «mensaxe claramente apocalíptico, con pornografías
disfrazadas". Todo bien, salvo que en ese énfasis
en el espectador (palabra que, por otro lado, el periodista repite
redundantemente a lo largo del texto), el medio de masas (seguramente
la noticia tuvo muchos más lectores que espectadores la
exposición) no lo tuvo en cuenta al ilustrar el artículo
con la imagen de la actriz porno que tanta inquietud le provocaba.
¿Qué actitud es más provocadora? Al final
la obra tuvo, si cabe, mucho más sentido, al ver la ambivalencia
moral de la comunicación también por vía
escrita.
Félix Fernández tituló aquella exposición
individual para el Centro Torrente Ballester como 'Descenso',
advirtiendo que ésta trataba de ser "un punto de conciencia
después del caos, ya que el hecho de declarar un descenso
implica el conocimiento de otro estadio vital superior, ya sea
anterior o posterior", en definitiva, un declive barroco
muy acorde con la inestabilidad del mundo que vivimos, tan hambriento
de certezas.
Así, el cuerpo que siempre exhibe Félix Fernández,
y que es la base de sus trabajos, no es más que la piel
del miedo, del éxito, de la injusticia y, sobre todo de
las dudas y de los nervios de quien quiere ser aceptado por quien
quiere ser aceptado. Todo eso se advierte en sus palabras en la
performance realizada en la Sala San Hermenegildo de Sevilla,
dentro del Festival Contenedores 05: "... espero que los
nervios no me traicionen y muestren una imagen equivocada de lo
que soy. El directo es así, un riesgo normal de la auto-construcción
que tenemos de nosotros mismos. Imagínate que me sale un
sarpullido". ¿Qué pensarán los demás
sobre nosotros? Esta pregunta resulta constante en la obra o strip-tease
de sensaciones que nos propone Félix Fernández.
Todo es una suerte de trompe l'oeil o maquillaje que acaba por
construir una identidad.
Aunque lo escrito aquí no son más que palabras introductorias
a un personaje que lucha contra la imposición y la mentira,
capaz de ironizar sobre la vergüenza social y la necesidad
que tenemos de vencer el tiempo. Félix Fernández
emprende un viaje a las entrañas de su sentimiento consciente
de la vulnerabilidad que sentimos ante la pérdida de un
referente. "Cógeme de la mano y llévame a algún
lugar interesante", dice en uno de sus trabajos. Y aún
así, alguno habrá que piense que se trata de un
excéntrico, cuando nuestro artista no es más que
un raro que sube y baja (raro como bien escaso, claro) jugando
a no dejar de soñar.
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En la búsqueda del lugar de mi
cuerpo: las novelas de final-comienzo-final de Félix Fernández
Xosé Manuel Lens
MI cuerpo se dispone abierto, amplio y
controlado. Es una topografía que se sirve del viento para
oscilar, de la periferia para esquivar, del tiempo, de la tierra,
de ese biombo de lo social en el que exteriorizarme con piel y
actitudes. Cada uno de los trabajos que ejecuta Félix Fernández
recogen un lugar del cuerpo en el mapa de lo social, del exterior,
pero desde un posicionamento interior. Su tiempo, lúdico
y constante, engaña y dispersa en trabajos de fotografías,
performances, vídeos y instalaciones, también esculturas,
alimentándose en lo más profundo de la duda, de
la vida, de la tempestad de una caída sin salvación
aparente. Posiblemente antes de acabar este texto, deje de pensar
que la decadencia sirve de perfil de seguimiento; por ahora gozo
pensando en el brillo de la pasión, del drama, sigo respirando
a golpes mientras baja un telón de un teatro donde actuó
un agente de derrotas, duda de narraciones. La narración
y la dramaturgia.
Sin pretender escapar de una etiqueta de
arte corporal, que también, hoy pensamos en la doctrina
del escritor contracorriente, crítico, en ese posicionamiento
que instruye el mejor logro del accidentado, del impulso abierto
y fusionado entre la voluntad de exteriorizar y la de pulsar en
el lenguaje personal. Parte a parte, primero el cuerpo, luego
los adjetivos, los pronombres, los adverbios y demás enlaces
comestibles. Parte a parte; fragmentos narrativos posados en entregas
temporales, recreadas, ideas desde un guión y proyectadas
de una manera controlada, con el único testigo de mi cuerpo.
Son las posiciones, las lecturas y las interpretaciones las segundas
miradas de este itinerario; hoy me presento delante del espejo
mientras me observo detrás del espejo, mientras curioseo
mi espalda. Me vuelvo reversible, de dos formas; hoy escarvo en
un terreno de propietarios, en la noche; hoy guardo mi vigilancia,
blindado por los cuatro puntos cardinales; hoy imagino una fiesta
branca, para luchar en la colectividad; hoy el mapa de mi anatomía
parece un caja negra, a la espera de ser abierta, deambulando
por la trayectoria, llamada carrera creativa. Quizás hoy,
de nuevo, el protagonista comprenda la causa de mi duda: dónde
reside la incerteza?
"Por los brazos, y también por las piernas
y, si no, por la cabeza,
la cámara capta el momento.
¿Qué pasa que ya no me miras?
Con golpes y audacias
cae en lo que pasa, cae y arrástrame.
Desde el ángulo,
en la encantadora superficie,
siguiendo el contorno cruel, cae y pasa"
Virgilio Piñera. La Isla en peso
Deterioros, erosiones, destrozo, culpa y capturas; ni vigilias
ni resignaciones. La causa del deterioro bebe en tus constantes
vitales; en los sentidos, en los mitos de los que necesitas esperar:
La narración, la lírica, la harmonía, de
la perfección o la beleza. En su captura reside hoy la
dirección de los que te observan como artista. Por eso,
Félix intenta que todo se proyecte desde el intento, desde
esa sensación del que pretende ser, del hombre que trabaja
a diario mientras ponen etiquetas que ir cubriendo, que ir superando.
Por eso mismo, quizás, no pensamos en obras individuales,
y sus agrupamientos de piezas en series condensan esa, aparentemente,
instantánea del lugar del ser humano en la vida y en las
posibilidades de la vida. El lugar y lo humano; el escenario y
el personaje. El artista y la profesión. Insisto: queda
un tiempo para esquivar las etiquetas, e incluso otro que no tiene
miedo de ellas.
Imaginamos un guión establecido,
Cajas negras, desde un esbozo que rodea la actuación del
ser humano, de sus vestigios y protagonismos secundarios, grabados
y reproducidos, desde una muestra -con fecha y espacios concretos-
que es una escenografía que se abre para disponer las dudas
y los deseos, las causas y los satélites, que hoy, mientras
escribo, pasea o golpea, alimentan mi cuerpo, mi caja negra.
Desde hace tiempo pienso en mi cuerpo,
mientras marco de herida mi nariz y me instalo delante de una
cama con mujer cantando o policías vigilando; golpeo mi
cuerpo, sin tatuar, sin marcar, para dejar que sea lo que me rodea,
donde hoy actúa, el que envía mensajes a los espectadores.
Sin besos para un entorno sugestivo. Rodeas tu cama apuntalando
sus partes, para siempre fragmentadas, después recuperas
esa misma polaridad para la instalación del vestigio, de
la metáfora de la fractura, de esa vigilancia sin guardas,
sin esquinitas, ahora con vallas de obra. Sentimientos de pérdida,
de almacenaje y memoria, quizás no muy distantes de trabajos
de Félix González-Torres o Pepe Espalíu,
en ese encuentro detallado-impulsivo con la metáfora, con
la prolongación de la escultura que recrea una experiencia,
incluso recogemos a Robert Gober sin antes dejar de etiquetar
un cuerpo ausente, pensativo, con las botas manchadas, en el medio
de una sala, delante de un ventilador, mientras escuchamos.
"El control corporal constituye una
expresión del control social.
Ya ha caducado la época de los héroes y de las visiones
inamovibles e inalterables, ahora tan solo encontramos sujetos,
un tanto derrotados y faltos de certitud, en busca de nuevas representaciones"
José Miguel García Cortés, Paseos entre el
amor y la muerte
Una de las características por las que actúa mi
cuerpo sucede en la narratividad, en ese fragmento de sombra que
las obras trasladan y trasladan, implicando al espectador desde
posturas de literalidad y simbología. Por eso, Cajas negras
hace referencia al argumento del resumen, del grupo de obras que
se organizan deliberadamente para resultar públicas, que
se agrupan bajo el denonimador común de una misma signatura;
ese estado intermedio que siempre dispone la novela de capítulos
abiertos, como le sucede a los diarios, que se nombran para resultar
presente, puro presente. Los argumentos de Félix Fernández
derivan de esa parcela de lo personal, que evoluciona con la obra
y sobre la que dispone esos destinos de margenes casi accidentados,
casi precipitados. La caja negra mejor dispuesta es siempre mi
cuerpo, sobre lo que vengo disponiendo mis dudas, mis deseos.
La Fiesta blanca, la celebración
de lo excepcional y de lo do cotidiano. Los márgenes de
realidades que se llenan desde lo social; son esas fascinaciones
imaginadas, desde lo aparentemente elegante, desde un pasado recreado
de música y ambiente.
Recorro mi cuerpo, vigilado, blindado. Recorro el perímetro
de mi vida, mientras voy nombrando cada uno de los polos, este,
sur, norte y oeste que dibujan las cuatro partes que marcan mi
contorno. Uno, dos, tres y cuatro lados; quizás pensamos
en esa medida de Leonardo alcanzando las proporciones del ser
humano, quizás en Klein disponiendo del absurdo, como Nauman,
como quinta medida; ya no se definen grandes cálculos,
ni grandes consquistas. La medida, el control, sigue siendo la
faceta de mi cuerpo que demanda la sociedad, creando un escudo,
creando un paño de imagenes, como antes de policías,
para ser observado, para estar blindado; siempre me queda la anatomía
para intentar, nunca para alcanzar, queda como ensayo, prototipo.
La mil maneras de dormir tranquilo que
rodearon una serie de fotografías, sirvieron para conformar,
como vamos comentando, una voluntad fuertemente narrativa, de
un actor y de su espacio. Un contexto, siempre un lugar en el
que alterar la mirada del espectador, pero siempre un mismo protagonista.
Repaso esas miradas sobre el cuerpo sin el testimonio de la pubertad,
pero con la conquista diaria del que se alimenta de dudas e intentos
y se traviste para liberar(se), en ese encuentro milimetrado de
la topografía de un cuerpo, debajo de las sábanas,
delante del paisaje verde, al lado de un matrimonio Arnolfini.
Yo y yo mismo; yo y mi proyecto espejo; Yo y mi ficción.
Por eso también repasamos las recuperaciones de sus propios
cuerpos como materiales, como canales bocetados, en Carolee Schneemann,
Ana Mendieta, Dieter Appelt o Vito Aconcci, en John Coplans, Pierrick
Sorin; en Álex Francés, Lucas Samaras o Ixone Sádaba.
Encontramos nuestro lugar en el espacio
que no domine, de la misma manera que revolvemos la búsqueda
de un libro imaginado o soñamos en la búsqueda de
un manifiesto de verdad. La búsqueda del lugar. Permanencia,
en esa relación del ser humano con su tiempo hecho tierra,
con su lugar de búsqueda. La captura de una respuesta,
de una explicación, ese escavar constante, con el auga
a media pierna mientras seguimos sacando tierra y lodo. Golpea
en la espalda la ruína del pasado, que hoy existe como
escenografía el la noche. La ruína, la erosión;
no resulta casual que pensemos en el descenso, en la caída,
en la perforación sobre una tierra que nos recoje para
seguir. Esa memoria que se instala en la caja negra. El vídeo
que reconoce esta Permanencia piensa en la mirada desde lo poético,
insistiendo en esa narración de un mes de duración,
mientras cuerpo y tiempo, ruína y vestigio, cuando se entrega
al desgaste.
Las obras de Félix Fernández
existen desde el sentimiento de formar una complejidad escenográfica;
alos de un componente mayor. Por esa misma razón, cada
muestra o instalación se examina cuidadosamente para elevar
los graos de intención dirigida al espectador, al visitante.
De este modo una cama aislada controla la mirada del público
cuando entra en la sala, luego la bipolaridad de lo visual (cuerpo,
agua y paisaje), del mismo modo de Blindado conforma la visita
únicamente con la partida ganada de la impaciencia y el
logro del guión de comienzo y fin-comienzo. Ese reverso,
como en las proyecciones de vídeos, donde se simula la
lucha humana de Goya sobre un espejo horizontal, en la superficie
abierta. Serán sus obras prototipos antes que esculturas,
fragmentos y medios, vídeos o monitores instalados, o construcións
para albergar.
Tengo que reconocer que cuando comencé
este texto puse a mi lado unos libros con la intención
de consultarlos y que me fueran avisando de sus interiores, que
me sirviesen de pilares en busca de algún posible vacío.
Porque, tengo que reconocer, que identifico la obra de Félix
con mis propias lecturas, con mis obsesiones diarias, que en vez
de formalizarlas en fotografías o performances, me quedo
buscando explicaciones en lectura y hechos. Porque pienso que
la produción de este narrador, como quien echa mano de
la interpretación del cuerpo diario, como quien se limpia,
ducha o come, pensando en una prolongación de la obra cercana
a la vida, a lo cotidiano. Después él se encarga
de limpiarla de excedencias y presentarla en una voluntad referencial,
argumentada, crítica y activa; ahí toca mi lectura
de esta mañana, repasando a Goya y Leopardi.
"Me dejo caer ante el juicio de
los espejos."
Carlos Negro. Héleris
Y mira que la escenografía hizo
pensar en máscaras y telúricas membranas que se
disponían sobre la verdad! La plena sinceridad de este
autar reside precisamente en esa intención de narrar desde
su propio cuerpo, sus espacios de vida, sus argumentos de duda,
de trabajos. Reconstrución en negro, como Reversible, se
pegan como segunda piel a la obra, en esa dualidad del espejo
y el protagonista, en los espacios interiores; las huellas dactilares
sobre la cara, los trazos que me conducen e identifican por la
calle. Dedo y huella, firma de lo personal, refuerzo de la intención
sincera.
Y mira que tu escenografía sabía
de lugares comunes, siendo en este momento, mientras recorro la
caja negra de color del paisaje íntimo vuelto del revés,
mostrando el lado esagerado, alterado, el lado del antiheroe,
del que protagoniza su propia exposición prolongando su
propia vida, la experiencia de los años. En la sala de
autorretratos en obxectos, en esa autoficción que se reviste
de biografía, de Lugo, Viveiro, Celeiro y Madrid, que se
reviste de carne y piel. En definitiva, la escenografía
antes que la exposición, y la ficción antes que
la escritura, de la novela de unos años antes, mientras
y durante el 2006. Miradas Virxes, Latitudes, Plugged Umplugged
o Malas Artes; Feedback, Observatori o Lengua blanca; retazos
de escalas de parada y alimentación, en la pensión
del arte de impulsos. Las cajas negras como elementos de inevitable
referencia aérea, que guardan la memoria del traxecto,
de un determinado viaje; son archivos nómadas de dirección
inevitable: guardar para el futuro. Hoy es presente y el protagonista
es mi cuerpo, que transita y recorre lugares, espacios de incertidumbre,
en esa dimensión que marcan los lugares por conocer, las
experiencias por vivir, todo con el suspense de ir trenzando lo
vivido y lo transitado; el cuerpo que habita y duda. Estado intermedio.
Antes pensaba en el presente, antes, como
propia partícula que define el comienzo de estos parágrafos
escritos en trozos de escritorio, de cocina y biblioteca, de pasillo
y ventana, rodeado de dos gatas y un paseante, a partir de ahora,
que finaliza este capítulo de varios días, pienso
en un actor formándose, articulándose, ensayando.
Quizás sea algo obvio, fácil de comprender, echar
mano del alimento del contorno para llamar a la puerta de lo inmediato.
Quizás sea esa la forma de trabajar de Félix Fernández,
sincero proyecto en proceso. Un autor que, por cierto, nació
mirando al norte, donde Lugo pierde su línea de tierra
llana, y que, también por cierto, encontré una tarde
mientras regresaba de comprar una edición antigua de uno
de esos libros que recuerdas siempre, Las flores del mal. Por
eso siempre identifico a Félix con las tardes, siempre
pensando que algo de poeta, de murmullo contracorriente, de cuerpo
emocionado, de narración quebrada, de nómada de
arte-vida, tiene este escritor de narraciones, de autorretratos.
Intentos, quizás.
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IDENTIDAD CATODICA
Sobre la obra en vídeo de Félix
Fernández
Javier Duero, comisario independiente
Conozco a Félix desde hace unos
años. Al sujeto y al artista. No somos amigos, pero hemos
sabido establecer unos mínimos códigos de entendimiento
basados en imputs creativos e intelectuales muy agradables de
compartir y, ciertamente, más interesantes que una amistad
convencional.
Sin servidumbres emocionales de por medio,
me dispongo a entrar en un mundo complejo, rico en matices y denso
en cuanto a fuentes inspiradoras.
El cuerpo como mapa, el género como
consigna de una nueva identidad, el yo íntimo como ecosistema
necesario para la supervivencia, el medio ambiente de cuya sostenibilidad
todos dependemos, los mass-media y su poder de transformación
de las sociedades modernas; estos son algunos de los temas que
ha investigado este artista de perenne sonrisa y acerada agudeza
creativa.
Sin cuerpo no hay persona. El cuerpo es
el soporte de nuestra identidad, y el aspecto físico y
la apariencia visual son aspectos que la conforman. A través
de la representación imaginaria del cuerpo, este queda
contextualizado en tiempo y espacio. Hablamos del cuerpo simbólico,
metafórico, mítico, orgánico, político;
de esa visión poliédrica que Félix aplica
a cada frame que dispara con el fín de indagar en una de
sus principales líneas de trabajo, la relacionada con el
concepto de inteligencia corporal y el dominio que ejerce sobre
nuestro propio imaginario.
Nuestro pensamiento, nuestra forma de entender
el mundo, es metafórica. El cuerpo es el complemento en
formato soporte para los cambios de identidad, para el disfraz
y el engaño. El arte del performance es una forma de prestar
el cuerpo para construir sobre él distintas identidades.
En la obra en vídeo de Félix
Fernández, esta disciplina cobra especial relevancia, al
ser el mismo artista sujeto y objeto de la acción. Esta
se ejerce como hilo argumental de ficciones que establecen un
discurso o idea concreta. No se trata de documentar una acción,
se trata de narrar una historia, casi una forma de entender la
existencia. No se trata de una técnica improvisada y de
carácter experimental, se trata de una cuidada técnica
resuelta con una apariencia de sencillez. Félix no necesita
recursos de post producción, filtros, capas, efectos,etc
para hacernos vibrar. Como buen realizador, sabe que un contra
plano o un plano secuencia bien encajado en su guión resuelve
narrativamente una historia. La renuncia al adorno, al efectismo
superficial, a lo kitch, en algunas ocasiones incluso al color,
lo convierten en un artista experto en contar historias intensas
desde un minimalismo formal, que su cámara certifica ignorando
esta nueva tecnología y sus amplias posibilidades de manipulación
de la imagen.
Si partimos de la idea que la identidad
tiene un componente cognitivo relacionado con las representaciones
sociales, y otro componente afectivo que supone un sentimiento
de pertenencia a los distintos grupos constituidos, podemos decir
que la identidad de un individuo está formada por una serie
de variables que se interrelacionan profunda e íntimamente
entre sí. La sexualidad es el núcleo sobre el que
se articulan cada una de estas variables, con la particularidad
de que atraviesa transversalmente al individuo, constituyéndolo
de una forma especial.
El estudio de la identidad sexual en la
obra de Félix es multidisciplinar porque es desde varias
perspectivas desde las que se puede obtener una visión
integral de un fenómeno tan complejo. Muchas han sido las
disciplinas que han estudiado la identidad sexual y muchas las
corrientes teóricas que la han abordado. Su influencia
abarca desde los mitos griegos, hasta Freud y Lacan. Si tuviéramos
que definir una característica sobre los trabajos en vídeo
de Félix en relación a este tema, esta sería
la de normalidad y aceptación absoluta del yo. No hay en
ellos ni histrionismo plumífero, ni bandera queer, ni dogma
rosa. Con una honestidad intelectual y transparencia narrativa
en la factura de las piezas que es de agradecer, el artista convierte
cada obra en un statement social, con elementos costumbristas
y poéticos.
Estamos en una sociedad de consumo, que
define nuevos modos de individualidad. En el nivel de las grandes
masas, portarse bien es consumir mucho. El índice de consumo
es el índice de salud de un país. El consumo se
dirige a individuos tipo, que son la imagen de los consumidores.
Tenemos interlocutores ficticios en la televisión, pero
que cumplen un papel importante para el consumidor. Desde la selva
amazónica o desde la habitación de su casa, Félix
nos recuerda la falta de conciliación entre nuestro sistema
de desarrollo y el medio ambiente, entre nosotros consumidores
y nosotros habitantes del planeta tierra.
Hay una sobrevalorización constante
de la imagen propiciada por los medios. Los que están en
la pantalla tienen una forma de existencia más fuerte,
desde un cierto punto de vista, porque millones de personas los
reconocen. De ahí el sentimiento de que hay que pasar a
través de la imagen para existir. La mejor manera de cautivar
a las audiencias es darles la impresión de que pueden estar
en la televisión. De ahí el éxito de los
reality shows.
En su videografía Félix cuestiona
el papel de los medios que determinan ese carácter instantáneo
de la comunicación como uno de los factores que ayudan
a la difusión de esa idea según la cual la historia
ha llegado a su fín y no hay nada más por imaginar
que lo que existe. Ese papel contribuye al sentimiento de desencanto
espiritual que hay en las jóvenes generaciones. No se espera
nada del futuro, no hay perspectivas entusiastas, lo que es sorprendente,
porque para él, al fin y al cabo, todavía tenemos
todo por descubrir como individuos. Todo es reversible.
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